jueves, 21 de enero de 2010

Ausencia paternal, destino incierto - Mayo 2009

“Yo dudaba de que podría cumplir ese domicilio, y hoy todavía no sé por qué lo hice, si nunca conocí nada de esa casa y quienes la habitaban. Le tenía miedo. Dudo que la razón me hubiera acompañado cuando no puse objeción en ir a llevar ese paquete de panes a la casa dos de la que yo creía se llamaba Calle Montalbo. Quién sabe por qué el destino me hizo ser el único mensajero de don Aurelio, ese señor del que sólo sabía su nombre y quien me contrató quizá porque no me vio futuro ni nada qué hacer.

No sé cómo llegué, pareciera que los nervios eran los que habían pedaleado hasta allá, pues el temor me estaba matando; y ahí estaba…en la puerta de la aterradora vivienda grisácea. Había poca luz al interior y un hombre, a quien no alcancé a verle la cara, me pidió entrar.

Los pocos destellos solares que penetraban en el domicilio de aquel señor, me permitieron verle lo reseco y deteriorado de su piel. Sin nada más para hablar, me dijo algo así como que sólo esperaba recibir un beso en la mejilla de nuevo…y se disparó en la cabeza”.

Esas fueron las palabras del hombre que vio morir al que creo, era mi padre.

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