martes, 26 de enero de 2010

Romántico guerrillero

Entre el desacuerdo de mi madre, el alegato de quien le sigue – fanática conservadora – y mi elocuente defensa a una bella ideología que no sé si dure para siempre (ojalá que sí), termina surgiendo algo que ahora vuelvo a escuchar y suena fuerte, incomprensible y, en últimas, para una familia como la mía, ¡descabellado! (y no sólo por aquello de mi naciente alopecia).

Sin medir lo que estoy balbuceando, suelto que me hubiera gustado combatir en las montañas del sufrido país en el que nací, violenta nación en la que procrearon mis padres y salvaje que vio surgir la existencia de mis abuelos.

Digo que poco hubiera dudado en los setentas para haber tomado una hoja, lápiz y maleta al hombro, para ir a sopesar el fusil y unirme al Movimiento 19 Abril; esa extinta guerrilla que cual comuneros del siglo XIX se alzaron para derrocar la bipolaridad política rojiazul en Colombia.

Me imagino en las selvas de la nación que ha visto cómo las minorías manipulantes han sobrellevado los destinos como han querido y veo un grupo de idealistas pensando un país mejor con una pluralidad justa y un tejido humano fuerte. La imaginación me lleva allá, a los agitados años ochentas del siglo pasado para luchar por una causa, como desde el raso combatiente hasta el potentado comandante, expresan con convicción.

El amor a la lucha termina, la causa está perdida. Poder, ¡qué palabra más nociva!, acaba con ideales de vida. Los desinteresados guerreros que están junto a mí en la mesa discutiendo se vuelven locos, desdibujados, y muchos imitando a un miserable de cuello blanco, político robando.

Las ideas están idas y la romántica lucha comunera ha quedado sólo en los anaqueles de la historia independista. Una gran mayoría de aquellos compañeros de sueño quedan sometidos a un sistema igual, pero diferente, que no lograron cambiar como querían. Pocos pueden ser románticos guerrilleros por estos días.

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